Todos nos hemos preguntado por qué hay personas que, a pesar de nacer y vivir en situaciones adversas, se desarrollan psicológicamente sanas e, incluso, salen reforzadas y logran resistir, sobrevivir y acceder a una vida productiva para sí mismo y para su sociedad consiguiendo la realización de sus sueños y metas; mientras que otras permanecen siempre en esa situación de derrotismo y fracaso.

Para encontrar una explicación a éste “fenómeno”, en psicología se ha adoptado el concepto de “Resiliencia”.

La vida está sujeta a adversidades: muerte, separación, enfermedades, fracasos, problemas de pareja y familiares, soledad, competitividad, dificultades económicas… Ante estas situaciones reaccionamos de distinta manera según nuestro grado de vulnerabilidad o, dicho de otra manera, según nuestro grado de resiliencia.

Los estudios muestran algunos aspectos que favorecen el desarrollo y la aparición de esta capacidad: Una relación emocional estable, cálida, consistente y de apoyo con al menos uno de los padres, protege o mitiga los efectos nocivos de vivir en un medio adverso. Del mismo modo ocurre con las personas referentes o significativas que proporcionan un adecuado apoyo social externo. También es importante disponer de un clima educacional sincero y capaz de establecer límites claros en la conducta. Los modelos sociales que motiven el enfrentamiento de manera constructiva a las adversidades, vivir experiencias de autoeficacia, autoconfianza y contar con una autoimagen positiva también favorecen la aparición de estos comportamientos.

Si bien es cierto que las habilidades y factores que potencian la resiliencia se muestran de una manera desigual, podemos trabajar para potenciar los rasgos que conducen a gozar de esta capacidad de superarse. La mayor dificultad a la que nos enfrentamos es la convicción de que no se puede cambiar. Afirmaciones del tipo «yo soy así», «cada cual es como es», «a mis años, ya no puedo cambiar»… son un gran error: A cualquier edad se puede cambiar si uno se lo propone.

Nunca es tarde para provocar el cambio de las actitudes, aprendiendo, entrenándose, trabajando y adquiriendo las habilidades y capacidades necesarias.

Es cierto que hay condiciones personales muy relacionadas con los factores hereditarios pero no cabe ninguna duda que la personalidad se educa. Es desacertado decir «este niño ha salido a su padre» o «esta niña tiene el carácter de su abuela» etc. El mejor ejemplo lo tenemos en los niños/as que viven en condiciones de marginalidad y que son ricos en resiliencia pues no la «heredaron» genéticamente: la vida, las circunstancias, el entorno y las personas… les educaron.

Podemos asegurar que la resiliencia, la capacidad para resistir y no venirse abajo, para salir airosamente de los baches, incluso con más fuerza, se aprende.

Es importante afirmar que es posible educarse y educar en resiliencia. Es posible cambiar actitudes en uno mismo y en otras personas; eso sí, hay una condición indispensable “querer hacerlo”.

Maribel Salvo
Psicóloga