«Vosotros sois Mis amigos, si hacéis lo que Yo os mando.»
(Juan 15:14)

El secreto para conquistar la amistad de Dios: obediencia. La obediencia mide tu fe; nadie obedece a alguien en quien no cree. Dios Se refirió a Abraham como «Mi amigo» (Isaías 41:8) por haber visto en él esa obediencia. Desde que se había casado, tenía el sueño de tener un hijo. La pareja ya era de edad avanzada cuando consiguió lo que tanto quería.

Pocos años después, sin ninguna explicación, Dios le dice que coja a su hijo, que camine tres días hasta el monte Moriah y que sacrifique al niño para Él. Así suceden las pruebas; surgen sin explicación y exigen la respuesta de nuestra fe. La Biblia no dice que Abraham se quejó. Por supuesto que dentro de él había un dolor casi insoportable. Tuvo que caminar tres días hasta el monte Moriah; tuvo tres días para desistir. Cada paso era un parto. Cortaría en pedazos el sueño que había tardado más de medio siglo en alcanzar. Pero obedeció.

Abraham fue probado en sus límites y fue aprobado por Dios al sacrificar su sueño. Una fe sin límites también trae milagros sin límites. En el momento decisivo, Dios le impidió matar al niño, pues vio en su determinación una fe mayor que el sentimiento. Ni siquiera el dolor le impidió creer. Esa es la fe que le trajo a Abraham más de lo que jamás soñó.

Él solo quería un hijo, pero su nuevo Amigo le juró: “De cierto multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo (…); y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a Mi voz.” (Génesis 22:17-18)

Nadie nunca perdió por obedecer a Dios.

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