Laura, Celia, Mª del Pilar,… son algunos nombres de mujeres que, en los últimos meses, han muerto víctimas de la violencia doméstica, en manos del hombre al que amaban, con el que decidieron formar una familia y compartir el resto de su vida. Y, en realidad, fue así, compartieron con ellos el resto de sus vidas pero, seguramente, con un final diferente al que habían planeado.

 ¿Cómo es posible llegar de esta situación de amor y felicidad iniciales a un final tan trágico?

 La violencia, entendida como la intención, repito intención, de utilizar la fuerza física o verbal para alcanzar un objetivo, no comienza de repente, de la noche a la mañana, sino que se establece de forma progresiva.

 La escalada de la violencia empieza, generalmente, con agresiones psicológicas, el agresor reduce la confianza personal de la víctima mediante mensajes negativos sobre su autoestima y valía personales, denigrándola en todo lo que es, hace y dice, con frases como “no sirves para nada”, “todo lo haces mal”, “no digas más tonterías”. Más adelante aparece la violencia verbal para humillarle con insultos, intimidación, amenazas, menosprecio… Y, finalmente, llega la violencia física (a veces, acompañada de violencia sexual) que también va aumentando: “levantar la mano”, “un empujón”,”una bofetada”… llegando al homicidio.

Y después que el acto agresivo tiene lugar, viene el “arrepentimiento” del agresor expresado mediante regalos, muestras de cariño y amor, petición de perdón, promesas (“nunca volverá a pasar”) y disculpas (“no se que me ha pasado”, “el alcohol…”, “es que tu…”).

La víctima siente que no sirve para nada, que no merece nada mejor, le invade la culpa pensando que si hubiera actuado/hablado de otra forma nada habría sucedido; se siente sola, incomprendida y, muchas veces, presionada por el exterior que la culpabiliza por su posición de víctima y por su fracaso conyugal. Y sopesa y valora: tiene hijos, falta de medios económicos, miedo, ambivalencia de sentimientos amor-odio hacia su agresor… y, fijándose en este momento de tranquilidad y “amor”, centra todas sus esperanzas en este instante de “paz” creyendo que su pareja cambiará y… decide perdonar y reconciliarse.

Entonces, como los conflictos existentes entre ambos no se han solucionado y no ha habido ninguna consecuencia negativa para el agresor… el “clima” se repite y vuelta a empezar: la violencia psicológica y verbal retoman su escalada hasta la próxima amenaza, la agresión física es llevada a cabo de nuevo y el ciclo se completa una y otra vez; y cada vez ella pierde más su confianza y su autoestima.

            Pero, en esta situación de violencia y maltrato, no podemos olvidarnos del otro participante: el agresor. Normalmente con un problema añadido de alcoholismo, percibe el recurso de la violencia como un medio para controlar la vida familiar y a su mujer, de este modo, establece el “Poder de Dominación”: emplea la violencia para justificar su “rol de hombre” (piensa que así desempeña y demuestra su papel de hombre de la casa). Para él la violencia es un medio necesario para controlar a su pareja, para alimentar la imagen de sí mismo y, sobre todo para dominar, sentir que tiene el poder y el control en sus manos.

A menudo, el maltratador no ha desarrollado las habilidades necesarias para expresar sus sentimientos y su inseguridad de forma adecuada, usando la agresión para “camuflar” esa inseguridad.

Aproximadamente el 85% de los maltratadores provienen de familias violentas donde fueron testigos y/o víctimas de agresiones y malos tratos. La violencia es el único modo que conocen para solucionar los problemas, aprendieron a conseguir las cosas de este modo.

Agresor y agredido, aprenden a vivir así, a relacionarse de este modo tan devastador física y psicológicamente, y repiten una y otra vez las mismas pautas de comportamiento, reforzándose uno a otro en las mismas acciones.

Pero, este círculo vicioso se puede romper, si uno, si ambos, quieren: todo lo que se aprende, se puede “desaprender” y todo lo que no se tiene, se puede adquirir; eso sí, todo cambio exige querer y esforzarse para llegar a la meta propuesta y tener una relación basada en el amor y respeto mutuos. Si con la pareja actual o con otra, la decisión es personal.

 

Maribel Salvo
Psicóloga y Vicepresidenta de LMQA

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