La sociedad en la que vivimos es una sociedad que estimula y favorece la competitividad como la forma de vida adecuada para conseguir nuestras metas, inculcando que «cualquier cosa vale» con tal de ser el primero o el mejor. El que pierde es una fracaso, está «mal visto» y, en muchos casos, es rechazado sin más o simplemente «dejado de lado», ignorando el esfuerzo y el sacrifico realizado.

La verdad es que ni la familia, ni el colegio, ni mucho menos los medios de comunicación nos educan o preparan para asumir, digerir y aprender de las derrotas, más bien al contrario. Por ello, tendemos a «esconder» nuestros fracasos en lugar de responsabilizarnos de ellos y asimilarlos buscando la forma de superarlos y de utilizarlos a nuestro favor.

Todos podemos mirar, durante un momento, nuestras vidas y analizar si hemos conseguido conquistar todo lo que deseábamos, lo que nos habíamos propuesto a nivel laboral, profesional, económico y social. Podemos incluso ir más allá y observar nuestras relaciones sociales y familiares, nuestra pareja, nuestros hijos, nuestros amigos… ¿Se han hecho realidad nuestros sueños?¿Se han cumplido todas nuestras expectativas? Estoy segura de que la mayoría responderá de manera clara y contundente: «NO».

Pero, ¿por qué aparece esa sensación de fracaso? Seguramente la respuesta se encuentra en la gran distancia que existe entre lo que «yo soy en realidad», «lo que creo que soy» y «lo que deseo ser». Normalmente las personas nos conocemos muy poco a nosotras mismas, tenemos una idea muy equivocada de nuestras capacidades, posibilidades y aptitudes. Esto nos lleva a tener desilusiones cuando no conseguimos aquello que pensamos que merecemos, que deseamos o que otros han alcanzado; minando así, nuestra autoestima.

En lugar de percibir nuestro fracaso como algo puntual de lo que aprender para mejorar, lo aceptamos como algo general, intrínseco a nosotros mismos y hacemos que nuestra vida funcione en un círculo vicioso: Ya fracasé, lo que implica que no soy capaz de hacerlo, por lo tanto no me esfuerzo y, de este modo, fracaso otra vez y así se repetirá sucesiva e indefinidamente, hasta que gritemos un «¡basta ya!» y cambiemos nuestra actitud, rompiendo ese círculo en algún punto para introducir un elemento nuevo.

Lo cierto es que el fracaso es un elemento más en la vida y debemos asumirlo y aprender de él para seguir adelante. Debemos tomar conciencia de que, afortunadamente, somos como somos y sólo mediante nuestro deseo sincero y nuestro esfuerzo podremos cambiar aquellas cosas que no nos gustan o no nos resultan útiles.

En realidad, el fracaso es sólo un paso más, nunca el final; ya que «el éxito no es más que el fracaso, vencido por la perseverancia.»

Maribel Salvo
Vicepresidenta de LMQA y Psicóloga