¿Qué te sugiere la frase del título? Todos los que deseáis obtener lo mejor de la vida, deberíais apropiaros de ella, pues “te invita” a escoger una meta, lo más elevada que puedas imaginar, y no perderla de vista jamás. Atrévete a tener los más elevados ideales y sueños. Aprende a soñar porque, de tus sueños, brotan las más grandes realidades; solo quienes aspiran a lo más elevado, tienen la posibilidad de alcanzar lo más alto.

Si ya lo has hecho, entonces, conoces tu destino; ahora, solamente necesitas una guía para ir directamente a esa meta. Para ello, líbrate de los pensamientos negativos e inadecuados, contrarios a la consecución de tu objetivo, que tu cerebro te “lanza” cada segundo. Rompe las barreras y los límites que te has autoimpuesto con frases tales como “no puedo”, “no es para mi”, “no tengo…” y sal de tu comodidad, pasividad, letargo, espera… ¡Ve a por ello!

Has emprendido un nuevo camino, el del éxito, del logro, de la victoria… y, por ello, comienzas a pensar, analizar y actuar de manera diferente. Es tu razón la que debe controlar este recorrido, no tus emociones.

Uno de los principios universales consiste en ser justos y correctos en todo momento, independientemente de lo que los demás hagan; es decir, “haz siempre a los otros lo que deseas que ellos te hagan a ti”, no maltrates, humilles, ni pises a nadie.

Sueña, no permitas que nadie te impida hacerlo. ¡Y sueña a lo grande! poniéndole fechas a esos sueños para que se conviertan en metas.

Para finalizar, me gustaría dejarte una metáfora para reflexionar:

“En un pequeño pueblo había una competición consistente en lanzar pesadas piedras para que pasaran por encima de unos árboles muy altos. Durante años nadie había sido capaz de lograrlo.

Un día, un niño, se acercó al grupo de frustrados hombres durante una competición y pidió participar. Muchos se molestaron oponiéndose tenazmente y considerándolo una burla: “Nosotros, hombres fornidos, no lo hemos conseguido en años y este mocoso enclenque cree poder lograrlo”. Pero, otros, más amables y comprensivos, le permitieron hacerlo diciendo: ¿Qué tiene de malo? ¡Que lo intente!

El niño cogió una de las piedras pesadas, que si para los hombres eran grandes, para él, lo era mucho más y la arrojó, con gran esfuerzo, hacia el cielo. La piedra empezó a subir, subir, subir… más, más y más y… ¡cruzó las copas de los árboles!

Esto generó gran alboroto, sorpresa e incredulidad. ¿Cómo pudiste hacer que esa piedra cruzara la copa de esos elevados árboles? – le preguntaron.

El niño, sorprendido, con los ojos muy abiertos, respondió: ¿Se trataba de que la piedra pasara por encima de los árboles? ¡Creí que tenía que dar a una de aquellas estrellas del cielo!”.

Maribel Salvo
Vicepresidenta de LMQA y Psicóloga