El 88% de los españoles considera la fidelidad sexual algo fundamental en la pareja. Pero el 46% de los hombres se declara infiel. A pesar de la revolución sexual y social vivida, esta cifra sólo alcanza el 17% entre las mujeres.

En nuestra sociedad actual la relación de pareja se ve amenazada constantemente por el fantasma de la infidelidad. Pero, ¿por qué si todos saben que la infidelidad daña y destruye a los miembros de una pareja, a los hijos y al “tercero en discordia” sigue siendo tan común?

La fidelidad, que nació en el pasado, asociada a la monogamia y a la necesidad de garantizar la paternidad y la herencia, siempre se ha aplicado con diferentes raseros entre hombres y mujeres: Nunca fue totalmente necesaria para el hombre y sí fue una forma de control sexual de la mujer o compañera.

La entrada de las mujeres en el mundo laboral, los anticonceptivos y el proceso de revolución sexual vivido en los años 60 dieron pie a un discurso feminista que trató de equilibrar la balanza y la infidelidad también pasó a ser cosa de mujeres, sobre todo entre la población más joven.

Cuando en una relación de pareja, aparece un tercero, esta circunstancia repercute severa y negativamente en la persona “burlada”. Cuando la infidelidad surge, se convierte en una situación de mucha pena y tristeza para ambos. La persona engañada se pregunta qué sucedió y se cuestiona a si misma pensado qué fue lo que hizo mal. La pareja infiel, pese a que, aparentemente, se siente bien con su “nuevo amor”, cuando es descubierta se siente confundida, se pregunta si se habrá equivocado de pareja, cree no estar enamorado de ella, se siente mal porque sabe que le está haciendo daño y no sabe cómo resolver la situación ni aclarar sus propios sentimientos.

Muchas veces espera que sea la pareja engañada la que tome la decisión de separarse o divorciarse o que sea la propia “amante” quien le abandone, para poder sentirse bien consigo misma, para no tener que enfrentarse a la resolución del conflicto cara a cara y tener que tomar ella misma una decisión.

Algunos profesores de la Universidad de Michigan han realizado un estudio donde hablan de la existencia de un gen de la infidelidad que invita y obliga a la variación de pareja. Afirman que la infidelidad está inscrita genéticamente en nuestro código instintivo. Según esto, el hombre debería tener el mayor número posible de relaciones con varias y distintas mujeres para garantizar el tener un número considerable de hijos y perpetuar a la raza humana. Las mujeres, por su parte, no sólo tendría el instinto de tener hijos, sino que también deberían procurar tener una mejor descendencia, es decir, tendrían que procrear con «el código genético» del varón más fuerte, inteligente y valeroso.

Esta explicación podría, tal vez, aceptarse para el mundo animal donde la característica primordial es la poligamia, lo que nos muestra que la vida entre los animales es puramente instintiva –constantemente vemos la conducta de los perros tras la perra cuando está en celo o las peleas entre los gatos, donde el más fuerte tendrá a la gata, etcétera–.

Sin embargo, y a pesar de las investigaciones, queda de manifiesto que no existe ninguna coacción genética sobre la que el ser humano no tenga control. Los genes, digan lo que digan, nunca decidirán por nosotros si deseamos, o no, ser infieles. En el ser humano prevalece, o debería prevalecer, su componente racional y único.

El ser humano decide qué clase de comida comerá, qué ropa se pondrá, qué trabajo realizará o quiénes serán sus amigos. De tal manera que, sin desmerecer la vida instintiva, tenemos que entender al hombre como un ser biológico pero, además, psicosocial: El ser humano está en absolutas condiciones de decidir si quiere o no ser infiel, mantenerse casto o ser promiscuo. Así, si algún día tu pareja te dice: «Mi amor, tuve que serte infiel por culpa de mis genes», ¡no le creas! Seguramente la razón será más racional o emocional que genética.

Maribel Salvo
Vicepresidenta de LMQA y Psicóloga