“Yo, Yo soy vuestro Consolador. ¿Quién eres tú para que tengas temor del hombre, que es mortal, y del hijo de hombre, que es como heno?”

(Isaías 51:12)

Dios es mayor que cualquier persona, que cualquier problema. Muchos entienden esto en la teoría, pero en la práctica, les temen a los acreedores, les temen a los envidiosos, les temen a las amenazas, les temen a los que tienen odio. Si supieran el tamaño de la fuerza y del poder del Dios a Quien dicen servir, jamás temerían.

¿Quiénes pensamos que somos para temerle a un mortal, si tenemos a nuestro favor al Inmortal? ¿Cómo nos atrevemos a tener miedo? Quien no Lo conoce incluso puede temer, es natural, pero quien vive por la fe tiene una orden bien clara que seguir:

“Porque el SEÑOR me dijo de esta manera con mano fuerte, y me enseñó que no caminase por el camino de este pueblo, diciendo: No llaméis conspiración a todas las cosas que este pueblo llama conspiración; ni temáis lo que ellos temen, ni tengáis miedo. Al SEÑOR de los Ejércitos, a Él santificad; sea Él vuestro temor, y Él sea vuestro miedo. (Isaías 8:11-13)

Nuestros enemigos sí tienen mucho que temer. Nuestro Dios es poderoso, grande, magnífico, terrible. Los que son de Él pueden decir, con toda la seguridad: “El SEÑOR es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? El SEÑOR es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?” (Salmos 27:1) Sin embargo, solo puede tener esa seguridad quien hizo de Dios la fortaleza de su vida. Si Él es tu luz, tu salvación y tu fortaleza, entonces, ¿a qué le tendrás miedo? Pero si tienes miedo, haz hoy de Él tu luz, tu salvación y tu fortaleza. Cree en esto, y estarás seguro.

No tengas miedo. Dios es tu fortaleza y tu salvación.

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